¿Será que tiene una buena opinión de mí? Seguramente si, a fin de cuentas aquel día que estuvimos en el jardín me mostré amable, y creo recordar que me miraba atentamente, es verdad que no tuvimos oportunidad de charlar demasiado, aunque recuerdo perfectamente bien, que los amigos de mi padre se la encontraron en una cena, después de una trasmisión de radio, a decir de ellos, fue una velada muy amena, y en el momento en que hablaron de mí, no solo aceptó conocerme, sino que se expresó muy bien, aunque también es verdad, por lo que sé de aquella conversación, que los amigos de mis padres no dejaron de hablar de política, ¡siempre con sus temas! Y desde luego que habrán revelado, sin mayor tapujo, las preferencias partidistas de mí familia, entonces… pensara que yo también, no no lo creo, no parece de esas personas que se apresuran a sacar conclusiones.
Pero […] ¿y si no? ¡¿qué voy a hacer?! ¿será de esas personas que se agrupan con otras sólo tomando en cuenta sus preferencias políticas? No, tampoco me dio esa impresión, aunque quizás crea que soy un cobarde por estar pensando todo esto en tercera persona, y si así fuera ¿qué? Acaso no fue León quien nos enseñó que uno puede hablar de sí mismo mediante el uso de la tercera persona, ¡¿cómo quiere que me piense?! más aún, ahora que precisamente estoy tratando de recordar a un personaje de Tolstoi, ¡¿con pronombres?!, menudo jaleo tenemos ya con los pronombres en estos momentos, además, en castellano es perfectamente válido omitir el pronombre, entiendo que no es así en otras lenguas, ¿para qué queremos más pronombres? si a fin de cuentas no tenemos la costumbre de expresarlos, de ahí que uno se percate de los bulos que circulan en los encabezados, el otro día leí uno, que decía que un entrevistador había sido fuertemente criticado, por no dirigirse a la entrevistada con ese pronombre neutro que un sector impulsa en nuestra lengua, por qué tendría que dirigirse un entrevistador, en cualquier idioma, a su “entrevistade”, con un pronombre en tercera persona, sea masculino, femenino o neutro, ¡todo un bulo!.
Por otro lado, a decir del narrador de la obra de Tolstoi, Kutúzov “[…] en general nunca hablaba de sí mismo […]” y en eso yo me identifico con él, al menos dentro de ciertos círculos procuro evitar el discurso autorreferencial, lo que me plantea cierta dificultad en estos momentos en los que estoy tratando de escribir un relato autobiográfico.
Kutúzov, en La guerra y la paz, fue el general que combatió contra las tropas Napoleónicas, entonces estarías tentado a pensar que el tema de esa novela histórica es la Invasión Francesa en Rusia, o mejor aún, como le gustaba decirlo a su autor, el desplazamiento de los pueblos de occidente hacia oriente en un primer tiempo, y el de los de oriente hacia occidente en un segundo momento; sin embargo, la temática es mucho más amplia, por ejemplo, muchos historiadores lo consideran un punto historiográfico, que marca la inflexión entre la historia centrada en los héroes y grandes hombres, y la historia centrada en la masa de individuos arrastrada por los acontecimientos.
Más aún, si consideramos el epílogo, que es la parte mayormente conocida por todos, nos damos cuenta que Tolstoi condensa en éste las reflexiones desplegadas en su historia, sobre la causalidad histórica sí, pero también las relaciones de la moral con la historia y con el derecho, la justicia, la teleología de los asuntos individuales y sociales, el poder, la representatividad, el libre albedrío, la conciencia como autoconocimiento, pero también como oposición a la razón, asociando la primera con la libertad y la segunda con la necesidad, además de la ética, el juicio, así como una reflexión epistémica en clave de la física newtoniana, trata también de las ciencias sociales y su relación con la historia, y compara, además, la narración estética e histórica, describe una suerte de inconsciente psicológico, al tratar de los actos automatizados y los voluntarios, ¡ah! Y desde luego, la obra en su totalidad está plagada de matrimonios, un tema que se desarrolla de múltiples maneras; finalmente, también aparece el ajedrez como metáfora de la guerra, aunque en menor medida que las bodas, esto a pesar del título en cuestión, o quizás por ello mismo.
Sin haberme percatado antes, ahora me doy cuenta que en los dos últimos párrafos he pasado a un lenguaje más propio de la exposición académica, empero he mantenido la tercera persona, lo que quizás indique, que se ha producido un desplazamiento de ese interlocutor imaginario, a través del cual estoy intentando desarrollar esta autobiografía, lamento si tal desplazamiento decepciona a alguien, pero es indudable que la vida académica ha sido una parte importante de mi experiencia adulta, así como la lectura me ha acompañado desde mi más temprana infancia.
Desde luego, que no sólo leo y enseño, sino que hago, y he hecho, muchas cosas más, pero como se puede colegir por el título de este texto, el recorrido autobiográfico que me he propuesto hacer, pretende explorar los caminos que me llevaron a pensar en la operación inconsciente que está detrás de la Inteligencia Artificial, tal derrotero está plagado de lecturas, las que sin lugar a dudas, y en más de una forma, son parte de mi experiencia vital, por lo que quizás hubiera sido pertinente, en vez de relato autobiográfico, nombrar a este ejercicio como relato “auto-bibliográfico”, cabiendo así la posibilidad de preguntarse ¿en qué se distinguiría tal cosa de un escrito académico?
Yo creo que si hay una diferencia importante, porque en este ejercicio, a diferencia de la presentación que hice el año pasado en este mismo seminario, aparecen los recuerdos y cambian los referentes bibliográficos, muchos de los cuales estarían de más en un texto estrictamente académico, expurgado de todos aquellos instantes, propiciados por la lectura y la vida social, tanto en su forma presencial como virtual, en los que una frase, una imagen, la paleta de colores del día a día, un recuerdo, o un gesto, me han abierto nuevas brechas para reflexionar sobre la inteligencia artificial, también pienso que mucha de la bibliografía que emplee en aquella ocasión, sin que la haya perdido de vista, ha dejado de estimular mi pensamiento, por lo que su inclusión aquí se notaria forzada.
La otra razón, que encuentro para no llamar a esto una “auto-bibliografia”, es librarme del daño mental que pudiera ocasionarme la idea de que las lecturas han sido excesivas, lo que quizás sólo sea un rumor literario, pero conocedor de las distintas mutaciones que sufrió el personaje más celebre, aquejado por este mal, prefiero evitar las consecuencias que tales metamorfosis pudieran tener en una autobiografía, prosigo entonces, faciendo y desfaciendo entuertos con mis sesos, entusiasmado por la posibilidad de encontrarme, en la soledad de sus tupidas madreselvas, con esa oscura golondrina, que otrora juguetona viniera a visitarme, para sin dudar, y desde ya, nombrarla mi dulcinea.
Si la guerra es el telón de fondo del que se valió Tolstoi para plasmar tantos temas, los hombres que dirigen el combate representan también eso que se desplaza de un lado a otro con sus ejércitos, tras la Revolución Francesa emerge del lado de occidente:
Ese hombre, sin convicciones, sin principios, sin tradiciones, sin nombre, ni siquiera francés, por un concurso de circunstancias extrañas, se destaca entre todos los partidos que agitan el país y, sin comprometerse con ninguno, alcanza el puesto más importante.
Por contrapartida, el narrador de La guerra y la paz nos ofrece también un retrato de Alejandro I:
¿Qué necesita el hombre, que, haciendo sombra a los demás, figura a la cabeza del movimiento de Oriente a Occidente?
Necesita tener el sentido de la justicia, el interés por los asuntos de Europa, pero lejano, no oscurecido por mezquindades; necesita la preponderancia moral sobre sus colegas, los monarcas de su tiempo. Se precisa una personalidad amable y atractiva. Se precisa que Napoleón lo haya ofendido personalmente. Todo ello concurre en Alejandro I.
Alejandro I sería tan importante en ese momento, como Kutúzov lo había sido para la salvación y la gloria de Rusia; sin embargo:
Kutúzov no entendía ni podía entender lo que significaban Europa, el equilibrio, Napoleón. Al hombre que representaba al pueblo ruso, una vez que el enemigo fue derrotado, liberada la patria y puesta en el pináculo de la gloria, a ese hombre, como ruso, nada le quedaba por hacer. Al hombre que era la personificación de la guerra nacional no le quedaba más que morir. Y murió.
Estos esbozos biográficos que nos ofrece La guerra y la paz, me permiten poner sobre la mesa un contraste más que está en juego en esta obra de Tolstoi, representado por la dualidad “romanticismo/realismo”, incluyendo la vertiente naturalista del último, a lo largo de sus páginas uno puede captar la tensión que viven sus personajes, influenciados por las ideas que nutren estos movimientos estéticos y literarios, tal es el caso de la discusión que sostienen, en el capítulo XI de la segunda parte del libro segundo, el Príncipe Andréi y Pierre.
O bien, la manera en que el narrador omnisciente pinta a Napoleón como un estratega racional, que comanda la guerra, como si de una partida de ajedrez se tratara, mientras que al pintar a Kutúsov, nos dice:
Sabía bien que las batallas no se resuelven por las órdenes del general en jefe, ni por el sitio que ocupan las tropas, ni por el número de cañones ni por el de bajas, sino por esa fuerza inasible que se llama espíritu y moral del ejército. Procuraba, pues, cuidar esa fuerza y guiarla hasta el límite de su poder.
Por otro lado, los enamoramientos, amoríos, decepciones amorosas y tragedias maritales, que transcurren en la novela histórica, solo están captados desde la perspectiva de los personajes que conforman la corte rusa, de los sentimientos de los mujiks, campesinos y demás clases bajas, apenas y se pueden inferir ciertas cuestiones de manera muy tangencial, pero ninguna de ellas relativa al amor en pareja y a las heridas morales, que a la manera en que las concibió Pinel, aquejaban a los personajes de la corte, lo mismo a la Natasha joven y enamoradiza, que a ella y a la princesa María tras la muerte del príncipe Andréi.
La referencia a Pinel es mía, pues no se le nombra en toda la obra, de hecho, el único médico que es referido por su nombre es Larrey, tampoco se menciona a Pirorogof, lo que se entiende debido a que el príncipe Andréi cayó herido del lado de los franceses, sin embargo, sí se hace referencia, en repetidas ocasiones, a las heridas morales, gracias a lo cual, me percato de las consecuencias que estas tienen para la acción de los personajes. Por lo que no me resulta difícil pensar en Pinel, después de leer un párrafo como aquel con el que inicia el primer capítulo de la cuarta parte de La guerra y la paz:
Cuando el hombre ve morir a un animal se apodera de él el terror. Eso mismo que él es, su propia esencia, desaparece ante sus ojos y deja de existir; pero si en vez de un animal se trata de un semejante, y de un ser al que se ama, entonces, además del terror que inspira la extinción de la vida, se produce un desgarramiento, una herida moral que, como la física, puede llegar a matar y puede curarse, pero siempre resulta dolorosa, sensible a cualquier contacto exterior inoportuno.
Al leer esto, no sólo recuerdo el Tratado Médico Filosófico de la Enagenación del Alma o Manía, sino algunos de los casos, que desde que lo leí por primera vez, me impresionaron fuertemente, como el de aquel paciente, que tras haber recibido el tratamiento moral, y haber permanecido internado durante largos meses, fue considerado curado del delirio que lo hacía creerse Napoleón, debido, a que al ser interrogado, por Pinel y su equipo, él respondió con su nombre verdadero en repetidas ocasiones, al darlo de alta le entregaron sus pertenencias y lo encaminaron a la puerta del nosocomio, hasta que al firmar la hoja de salida, estampó el nombre de Napoleón, situación que le costó haber sido internado nuevamente.
Conozco bien este libro gracias a la generosidad de mi maestro el Dr. CVT, quien me obsequió un ejemplar de la edición castellana traducida por el Dr. Luis Guarnerio, fechada en 1804.
Siendo verdad que CVT ha sido mi maestro en toda la extensión de la palabra, también lo es, que fue el único profesor que tuve de Antropología Médica, cuando fui alumno en este mismo Departamento, subrayo el único en su calidad de singular, pues aunque existían otros profesores que impartían esos contenidos, ellos no fueron ni han sido mis profesores, creo que vale la pena decirlo, debido a que en los últimos años es frecuente encontrar rostros nuevos en este Departamento, y quizás también, para enmendar alguna falsa atribución, en lo que a genealogías académicas se refiere, que recayó sobre mi persona hace ya algunos años, en un evento celebrado en el auditorio de la Academia Mexicana de Cirugía.
Bueno, pero volviendo al libro de Pinel, si al de Pinel, además del paciente que deliraba creyéndose Napoleón, existen otros casos que llamaron mi atención, pongamos, por ejemplo, el del paciente que fue internado debido a que cayó en un estado de manía, a consecuencia de tratar de producir una máquina de movimiento perpetuo, una idea delirante, en franca oposición a los principios del movimiento de Newton, que por aquel entonces se divulgaban en Europa.
Recuerdo también, que un día me encontraba leyendo el libro, sentado en aquel sillón de cuero rojo que estaba dispuesto frente al escritorio de CVT, y que al parecer, en otro tiempo, también había adornado la oficina del Dr. Ignacio Chávez, mientras CVT resolvía algunos asuntos de la jefatura, y yo me interesaba cada vez más por el contenido del Tratado Médico-Filosófico, entró a la oficina el Dr. JLD, quien probablemente este hoy aquí, de ser así, le ofrezco mis disculpas por ignorarlo en este instante, para poder continuar elaborando mi recuerdo, tal y como lo concebí en el momento de escribir esto.
Bueno, les decía que entró JLD, y contrario a su costumbre, pues suele ser recatado, irrumpió con cierta emoción mi lectura, para decirme que el libro que tenía yo en mis manos era una edición facsimilar, tal afirmación me sorprendió, a pesar de que alguna sospecha había surgido en mí, por lo bien conservadas que estaban sus páginas y por el tipo de papel, que no parecía coincidir con la fecha de la edición; sin embargo, el libro no posee ninguna indicación de que es un facsímil.
Acto seguido, JLD nos dijo que se trataba de una edición que había realizado y costeado, de su propio pecunio, su maestro, el Dr. Dionisio Nieto, y que había sido tal la generosidad y la modestia de su querido maestro, que había prescindido de indicar de cualquier forma que se trataba de una reproducción facsimilar, lo anterior lo había realizado sin fines de lucro, sino con la intención de poner al alcance de alumnos y colegas este clásico, del que es, por muchos, considerado como el fundador de la psiquiatría moderna.
En resumen, las palabras del Dr. JLD constituyen, hasta hoy, un ejemplo de juicio moral que recae sobre una acción efectuada por el Dr. Nieto, su juicio, como he dicho, fue positivo, pero como cualquier otro razonamiento con estas características, puede ser revisado, refutado o aceptado, no solo a la luz de las ideas morales y éticas, sino también en función del derecho, al menos sí se dejan de lado algunos supuestos iuspositivistas, y se parte de las escuelas del derecho que aceptan que dicha disciplina tiene una relación con la moral.
Si alguien quiere proceder así, ahora que la lista de delitos que no prescriben va en aumento, puede hacerlo, aunque quizás valdría la pena que tomara en cuenta que el ISBN se instituyó en México en 1977, así como las peculiaridades temporales en lo que en materia de depósito legal se refiere, pues ni estas, ni otras prácticas, hoy comunes en la producción de libros y facsímiles han sido sempiternas, lo que viene a plantearle algunos problemas morales al razonamiento histórico, de los que ya se ocupaba Tolstoi en La guerra y la paz.
En lo que a mi concierne, del arsenal de cuestiones que dicha obra contiene, hay tres preguntas filosóficas que me inquietan en estos momentos, ¿Es posible conocerse a sí mismo? ¿Cómo llevar una vida buena? ¿Cómo tratar bien a los demás?
Con la primera de estas preguntas estoy cambiando el precepto de la filosofía clásica “conócete a ti mismo” por una expresión no solo interrogativa sino dubitativa, lo que en principio me parece preferible, pues como sostenía Tolstoi:
Para que una orden pueda ser fielmente cumplida es preciso que la persona que la da sepa que es realizable. Sin embargo, es imposible saber lo que puede o no ser realizable.
De ahí que, para cumplir con el precepto clásico, no sólo sea necesario preguntarse por la condición de posibilidad que uno tiene de conocerse a sí mismo, sino, ¿hasta dónde puede uno llegar a conocerse?, en otras palabras ¿dónde está el límite de mi conciencia? Y no sólo de la conciencia de mí, sino, si queremos atender a las otras dos cuestiones, ¿cómo vivir una vida buena? Y ¿cómo tratar bien a los demás? también se hará necesario explorar el límite de mi conciencia sobre eso que me rodea, es decir, mi mundo social y cultural, tanto en sus formas presenciales como virtuales.
Desde luego, que responder a esas preguntas sería más fácil, si no se me hubiera ocurrido meter en todo esto al autor de Ana Karenina, lo digo no sólo por la basta cantidad que su obra tiene de comentaristas, sino por el abrumador desacuerdo acerca de si sus obras cumplen más con un perfil realista, o bien, se encuadran mejor en el romanticismo, esto último complica la cuestión, pues exceptuando los cuadros sinópticos empleados por los profesores de educación media, no parece haber un acuerdo entre estudiosos del tema, sobre las generalidades que caracterizan al Romanticismo.
Consciente de esta situación, Isaiah Berlin se rehúsa a generalizar sobre el periodo, evitando así los saltos temporales que se pueden dar al encontrar ejemplos, provenientes de épocas anteriores, que cuadran con el intento generalizador, entonces, en lugar de intentarlo, prefiere ofrecernos lo que él denomina un patrón dominante, lo que le permite declarar que:
La importancia del romanticismo se debe a que constituye el mayor movimiento reciente destinado a transformar la vida y el pensamiento del mundo occidental. Lo considero el cambio puntual de más envergadura ocurrido en la conciencia de Occidente en el curso de los siglos XIX y XX, y pienso que todos los otros que tuvieron lugar durante ese periodo parecen, en comparación, menos importantes y están, de todas maneras, profundamente influenciados por este.
El teórico, oriundo de Riga, y nacionalizado inglés después de la Revolución Rusa, en su ensayo sobre el Romanticismo, también nos aporta una caracterización de la ilustración a través de tres proposiciones, aclarando que no son exclusivas de ese periodo, aunque si lo es la versión que de ellas nos ofrece el iluminismo, tales principios serían:
- Toda pregunta de carácter genuino puede responderse, de lo contrario no es en realidad una pregunta. Este principio, con diferentes versiones, es común a los cristianos, escolásticos, ilustrados y positivistas.
- Todas estas respuestas son cognoscibles y pueden descubrirse por medios que se pueden aprender y enseñar a otros.
- Por una imposibilidad lógica, se deduce que todas las respuestas han de ser compatibles entre sí, ya que, si no lo son, se generará el caos.
También ejemplifica las respuestas de los hombres ilustrados frente a distintos temas, mostrando que no fueron uniformes, a pesar de que compartían la idea de que había una sola forma de llegar a estas, es decir, mediante el uso de la razón, deductivamente como en la ciencia matemática, inductivamente como en las ciencias de la naturaleza, considerando, en suma, que la virtud reside en el conocimiento, y que todas las virtudes eran compatibles entre sí, incluyendo la igualdad, la libertad y la fraternidad, o bien, la justicia y la misericordia.
Caracteriza, además, el ideal estético ilustrado como:
[…] la capacidad de visualizar el ideal interno y objetivo hacia el que tendían la naturaleza y el hombre, (ideal que es tomado por los artistas del periodo) para encarnarlo de alguna manera en una noble pintura […] (de tal forma que, habiendo) cierto tipo de parámetro universal, […] el artista puede incorporarlo en imágenes, del mismo modo en que el filósofo o el científico lo hace en proposiciones.
El tratado de Pinel contiene un ejemplo que ilustra bien, tanto la caracterización hecha por Berlin de la estética ilustrada, como las discusiones que se suscitaban en la época, este se encuentra en la sección tercera, dedicada a las investigaciones anatómicas sobre los vicios de conformación del cráneo de los locos, sección en la que Pinel indaga las alteraciones cerebrales y craneales que pudieran ser el origen de la enfermedad mental, en ella expone los métodos de los que se vale para buscar tales lesiones, a partir del capítulo V, después de haber agotado la disección cerebral, introduce un método, que al día de hoy resulta por demás curioso, pues para responder si la anatomía del cráneo guarda relación con la energía de las funciones del entendimiento, recurre a comparar la anatomía de los cráneos de las colecciones del Museo de Historia Natural y de los gabinetes de la Escuela de Medicina de París, así como las de sus propios pacientes, nada más y nada menos, que con la cabeza del Apolo Pitio, resguardado a la sazón en el Museo de París, y a relacionar las proporciones de las mismas con las proporciones del cuerpo, en donde esto le fue posible, sin entrar en detalles, su conclusión es que sólo en la idiocia, particularmente la de tipo hereditario, es que puede haber alguna correlación, no así para las demás formas de enfermedad mental contenidas en su clasificación.
El detalle que aquí me interesa resaltar, aparece en una nota al pie, en la que justifica su elección de la cabeza del Apolo, citando la apreciación, que en el texto castellano se atribuye a un tal Winhelmann (sic), por lo que puede pensarse que en dicha traducción existe un error tipográfico, debiendo decir Winckelmann, a quien le atribuye sostener que “la estatua del Apolo es sin contradicción la más Admirable. El artífice concibió esta obra según un modelo ideal […]”
Johann Joachim Winckelmann es bien recordado por los historiadores del arte, pues fue un arqueólogo y teórico, artífice importante en el desarrollo del neoclasisismo ilustrado, entre sus obras se encuentran sus “Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura” publicada originalmente en 1755, en ella habla de la importancia que la vida y las costumbres griegas ejercieron en la producción artística, resaltando que:
Estas abundantes ocasiones para observar la naturaleza favorecieron que los artístas griegos fueran todavía más lejos: comenzaron a formarse ciertos conceptos universales de la belleza, tanto de partes aisladas como de todas las proporciones de los cuerpos, que se elevaban por encima de la misma naturaleza; su modelo primigenio era una naturaleza espiritual concebida por el sólo entendimiento.
En la nota al pie del Tratado, Pinel se manifiesta de acuerdo con Winckelmann en cuanto a su apreciación del Apolo; sin embargo, a diferencia de aquel, sostiene que en efecto:
Solo en el hermoso clima de la Grecia, donde el cuerpo adquiría su desarrollo por los exercicios del gimanasio, pudieron elevarse los artífices a este conocimiento, y trasladarlo a las obras maestras de la escultura.
A diferencia de lo que podría ocurrir hoy en día, en donde no sólo es imposible sostener un canon de belleza único, sino también suponer que la belleza es la única finalidad del arte, el siglo XVIII si sostenía aún la noción de un canón estético estrechamente vinculado con lo bello, razón por la que la discusión que se vislumbra a través del pie de página contenido en el Tratado, no se desprende de los desacuerdos que Pinel y Winckelmann pudieran tener sobre el canón en cuestión, sino sobre si tal canón es el resultado refinado de la naturaleza o de su imitación, en otras palabras, el desacuerdo se genera en esa brecha que existe entre el deber ser y el ser, un asunto que no sólo ha preocupado al arte, y de ahí la importancia de la dicotomía entre romanticismo y realismo con su vertiente naturalista, sino también a otras disciplinas como la medicina, el derecho o la política.
Aunque en términos generales esa brecha está presente en diversas disciplinas, cada una tiene sus particularidades, por lo que no puedo imaginarme moviendome entre una y otra como si fuera un estafermo, invocando públicamente, con la mano que sostiene el escudo, a la ley, para girarme inmediatamente después a solicitar su incumplimiento. Pero si no ha sido así ¿Qué ha hecho que de la teoría del arte me desplace hacía la teoría moral? Quizás sea la búsqueda de una teoría del valor, en tal caso no debería de perder de vista la economía, lamentablemente eso alargaría mucho el razonamiento, por lo que dudo que pueda, siquiera, esbozarla aquí.
Me parece entonces que, por lo pronto, bastará con centrarme en la relación que guardan los valores estéticos que se me han venido a la mente y que he plasmado en líneas previas, con las teorías del valor que inciden en la moral, el derecho, y la teoría política, a este respecto las contribuciones de Berlin han sido reveladoras, pues es sabido, que a partir del verso de Arquíloco que reza “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”, Berlin ha propuesto no sólo una interpretación en la que sugiere que pese a su astucia, el zorro sucumbre a la única defensa del erizo, esta metáfora no sólo le sirvió para ofrecer, con las debidas precauciones, un cuadro clasificatorio de las personalidades artísticas e intelectuales, sino también para producir una teoría del valor que ha sido confrontada por otro pensador liberal, también fuertemente interesado en la teoría política y en los derechos humanos, como lo fue Ronald Dworking, quien a lo largo de sus escritos, y en particular, en su libro Justicia para erizos intenta refutar la tesis del pluralismo valorativo de Berlin, a través de su tesis de la unidad del valor.
Si bien, ambos autores parten de una perspectiva objetivista de los valores, la tesis de Berlin se puede sintetizar sosteniendo que los valores últimos, es decir, aquellos que representan un fin en si mismo, y no medios para alcanzar otros fines, suelen ser plurales, tanto a nivel cultural como individual, lo que impide cualquier tipo de síntesis final; sin embargo, Berlin evita el relativismo moral, al considerar que el derecho no es sólo un conjunto de normas, sino ante todo una práctica, y si con respecto a su primera vertiente, es decir, la teoríca, el derecho aspira a cierto tipo de equilibrio, con relación a su vertiente práctica, el conflicto, es para Berlin, inevitable, como inevitable es la decisión que obliga a tomar, junto a la necesidad de que dichas decisiones, sean prudentes y guiadas por una intención conciliadora.
Por su parte, Dworking retoma la metáfora de los zorros y los erizos, para considerar que la única cosa que sabe el erizo es la unidad del valor, la idea de que los valores éticos, que asumimos para responder a la pregunta sobre cómo vivir bien, y los valores morales, que están implícitos en la pregunta sobre cómo tratar bien a los demás, son interdependientes, y que conforman una unidad de apoyo mutuo, más que de conflicto.
Dos pilares que son importantes en la defensa de la tesis de Dworking, están constituidos por su distinción entre conceptos criteriales, aquellos que usamos para clasificar, y los conceptos interpretativos, los primeros se caracterizan por constituir la connotación del concepto, de tal forma que cuando surge un conflicto a partir de ellos, en realidad es debido a que no se estan usando los mismos criterios que configuran el concepto, mientras que en el caso de los conceptos interpretativos, su uso presupone, de acuerdo con Dworking, una práctica compartida del concepto.
Y a proposito de prácticas, en principio literarias y no jurídicas, en el estílo de Tolstoi empleado en La guerra y la paz, es posible reconocer el uso de iniciales al tratar de ciertos asuntos de índole moral, involucrando al lector en la cuestión, pero manteniendo la discresión con respecto a los implicados, a la manera en que hoy se ve que se emplea en los programas noticiosos de la TV para proteger la identidad de los detenidos e imputados, respetando así un derecho humano como lo es la presunción de inocencia, está misma estrategia es empleada por Dworking al momento de plantear casos hipotéticos, y personalmente me ha resultado útil como estrategía pedagogica; sin embargo, no basta la simple implementación de signos algebraicos, porque hay que deslindar bien los valores que están en juego y eso supone tener suficiente información del caso, para después poder trabajar con los valores en cuestión y no sólo externar la primer opinión que se nos venga a la mente.
Si, por ejemplo, yo digo, imaginen el siguiente caso: A le otorga permiso a B en presencia de C, de ir, digamos a Roma, o mejor aún, a Marruecos, diciendo que le otorga tal permiso con la intención de que C se enfade, y procedo inmediatamente a preguntar si A a actuado correctamente, seguramente tendré respuestas afirmativas y negativas, que han sido construidas por quienes me escuchan hoy, pues estos no son ejemplos extraidos de mis clases, en función de una serie de experiencias y datos que ellos mismos traspolan al caso, pero que no pertenecen al caso, esta falta de información es frecuentemente utilizada por ciertos medios, para que su audiencia tome una postura frente a un caso incompleto, lo mismo si se dice que Q y P le cantaron a un monarca extranjero después de una reunión, que si se asegura que T utilizó la religión, para intentar sembrar la discordia entre amigos, durante una celebración de aniversario de bodas, la audiencia completará los casos con su propia experiencia.
Los ejemplos anteriores no sirven para analizar valores, pues no nos aclaran qué valores son los que están en juego, ni tampoco las intenciones de los actantes de hacer tal, o cual cosa.
Para que esto ocurra es necesario que yo plantee un caso hasta aislar sus valores, y que pueda comprender las intenciones de los involucrados, por ejemplo, imaginemos que C, D, E, F, G, y H son invitados a cenar a casa del matrimonio A y B, y durante la sobremesa, A hace pública una promesa de B que recaé sobre D, digamos que lo hace, debido a que su personalidad tiende a ser indiscreta, todos, excepto D, se alegran de conocer la promesa que B le ha hecho a D por boca de A, pero al notar que D no responde como ellos esperan que lo haga, tras recibir la noticia de tal promesa, guardan silencio, en los días subsecuentes se dedican a elucubrar sobre los motivos que ha tenido D para rechazar la promesa de B, se construyen versiones y las intercambian, pero nadie pregunta a D, más aún, G, que es el invitado más influyente dentro de los circulos sociales de esos sujetos, se dedica a dar a conocer su interpretación de lo ocurrido a un gran número de personas, y a tomar decisiones con la firme convicción de que su interpretación es la correcta, digamos que su interpretación es que D ha rechazado la promesa de B, debido a que piensa que este último es un mentiroso y un farsante que no va a cumplirla, G logra convencer a un número importante de sujetos de que su versión es la correcta, y durante los siguientes años todo trascurre de acuerdo con la interpretación hecha por G, sin que nadie le pregunte a D.
Pero, pasado ese tiempo, alguien le pregunta a D, y este responde que no pudo aceptar la promesa de B, debido a que la misma no provino de él, sino de A, y que él tiene la firme convicción de que una promesa, para ser válida, tiene que provenir de quién con ella expresa su voluntad y no la de un tercero, lo que señala una diferencia interpretativa, cuyo origen probablemente pueda deberse a diferencias culturales entre D y G, y quizás también con el resto de los asistentes, a quienes no les ha importado quién ha proferido la promesa, hasta aquí solo tendríamos un buen argumento para una comedia de equívocos, esto debido a que G y D no comparten los mismos criterios sobre el concepto de promesa, existe un diferencia cultural respecto a si tal promesa es valida y por tanto debe ser aceptada o no.
Pero, ¿qué pasaría si desde un principio se hubieran conocido las razones de D? entonces tendríamos dos versiones, que emergen de dos convicciones culturales distintas, mismas que han determinado dos versiones interpretativas sobre los mismos hechos, ¿Serían ambas igualmente válidas? ¿Tenemos la libertad de creer por igual en la que se ajuste mejor a nuestras propias convicciones? O más aún ¿a nuestras conveniencias? La respuesta, tanto de Berlin como de Dworking, es evidentemente que no, ya que ambos rechazan el relativismo moral.
Si la versión dada por D era conocida, entonces G pudo haber objetado que no compartía los valores implicitos en dicha versión, por ejemplo, pudo haber argumentado que A no había sido indiscreto, sino que había ejercido su libertad de expresión, y que ello no le restaba validez a la promesa en cuestión, pero nunca debió de haber propagado su propia versión, pues conocida la de D, aquella perdia todo sustento, ahora bien, si nos quedamos con la objeción de G sobre la libertad de expresión, entonces si habremos logrado deslindar el valor del resto de consideraciones, y no cualquier valor, sino, de hecho, un valor último, es decir, ese tipo de valores que representan un fin en sí mismos, debido a que la libertad de expresión no es, sino una forma de manifestación de la libertad, a partir de aquí los argumentos sobre la libertad, tanto de Berlin, a quien se le deben los conceptos de libertad negativa y positiva, como las objeciones planteadas por Dworking, introduciendo una distinción, en el uso coloquial de los términos ingleses freedom y liberty, son bastante conocidos, siendo fácil preveer los resultados que conllevan para el caso así planteado.
Por otro lado, me dije que dejaría el análisis del valor económico para otro momento, pero voy a hacer una pequeña anotación, si bien el valor de cambio ha servido a sociólogos y antropólogos para estudiar los intercambios simbólicos en diversas sociedades, a partir de las que se han descrito, por ejemplo, la kula y el potlatch, probando que el valor de uso no siempre ha sido equivalente al valor de cambio, sino que, en muchos casos, el valor de cambio cumple una función social de prestigio y distribución jerárquica, incluyendo las formas en las que mujeres u hombres, según se trate de sociedades patriarcales o matriarcales, se dan en intercambio o matrimonio, este no es el tipo de abordaje que en principio estoy pensando, tampoco el de los enfoques marxistas, ni el de economistas contemporáneos harto citados, como Thomas Piketty, quien en su libro, El Capital en el siglo XXI, documentó la regularidad empírica con la que, en las economías avanzadas contemporáneas, la tasa promedio de retornos del capital, excede la tasa promedio de crecimiento de la economía.
Pienso más bien, en la explicación que le da, tanto al fenómeno documentado por Piketty, como a las otras interpretaciones económicas, Katharina Pistor, quien en su libro, El Código del capital: cómo el derecho crea riqueza y desigualdad, fundamenta la tesis de que las metamorfosis del capital van acompañadas de la propagación de ciertos módulos del código legal, propios del derecho privado o mercantil, que, o bien son dirigidos hacía activos siempre nuevos, o bien, retiran ciertos modulos legales a ciertos otros activos, lo que entre otras cosas, le permite a la profesora de leyes de la universidad de Columbia, explicar cómo se gestó la crisis economica de 2007- 2008.
Personalmente, lo anterior me permite explicar, por qué a pesar de lo mucho que se ha teorizado sobre el consentimiento informado, a nivel práctico, encuentro que el código legal que se desplazó hacia ese activo, no ha podido superar la forma de un contrato de adhesión, debido a una malainterpretación derivada de un ejercicio defensivo de la medicina.
Desde luego, que eso me preocupa a mi, no así a Berlin o Dworking, que están ocupados en analizar los valores últimos, mientras que los valores económicos no entran en la categoría de valores que son un fin en si mismos ¿o si? Supongo que son sólo un medio, ¿pero un medio para qué fines, despues de lo mostrado por Piketty?, en fin, el detalle del análisis, por lo pronto, se me complica, lo inaudito es que, como sucede con tantos otros temas, a su manera, éste ya estaba presente en La guerra y la paz, sí, en la discusión, a la que aludí anteriormente, entre el principe Andréi y Pierre.
Y es que uno no puede ir por ahí diciendo que ama los autos, pensando que su amor basta para poner a tiempo el motor del coche, tampoco, puedo ir diciendo que amo las instituciones, así en abstracto, pues sean estas las instituciones financieras o cualesquiera otras, el código legal, como las bujías del motor, se encuentra en su seno, junto a otras piezas indispensables que han sido puestas ahí por quienes crean automoviles o instituciones, así me percato, que el México Porfiriano contó con instituciones, al igual que el México Revolucionario, pero también las tuvieron la Alemania Nazí, la Rusia Zarista, la España Franquista y la URSS de Stalin, y, tratándose de política, no puedo amarlas a todas por igual.
Por otro lado, si el código legal configura y desconfigura instituciones, con una rapidez mayor, si lo camparo con la que, hasta ahora, ha tenido el código genético actuando sobre la Evolución biológica, pienso que la tasa de cambio del código legal en los últimos años, sólo es comparable con la tasa de cambio que ha sufrido el código computacional, por cierto, algunos teoricos del derecho, sostienen que tal velocidad de recambio del primero es contraria al Estado de Derecho.
Recuerdo la primera vez que leí sobre la posibilidad de crear una interfase entre un componente electrónico y el cerebro, era estudiante del plantel Sur del Colegio de Ciencias y Humanidades, entonces era un asiduo lector de temas científicos, recuerdo haber leido con entusiasmo diversas obras de divulgación, entre ellas la de Oparín, pero también la de A L-A, a quien, por cierto, conocí en las aulas años después, cuando me dedicó su libro, recuerdo que por aquel entonces, cierto fervor nacionalista del Dr. L-A, provocaba en él antipatía hacía la figura histórica de Pasteur, entonces yo tampoco empatizaba mucho con el químico francés, sino que me resultaba más simpático Ilia Metchnikoff, mientras que lo de la invasión francesa a México, a mi no me quitaba el sueño.
Bueno, pero regresando a mis años de estudiante del CCH, gozaba por entonces de los beneficios que me otorgaba el Programa de Apoyos y Estimulos a Estudiantes Sobresalientes de esa institución, que, entre otras cosas, me permitió disfrutar de descuentos en los conciertos de la OFUNAM, así como la posibilidad de gozar de una suscripción con cuota reducida a dos revistas de mi elección, yo recibía en casa, la revista ICYT y también Ciencia y Desarrollo, ambas editadas por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, entre sus páginas, me recreaba leyendo la sección Descubriendo el Universo, coordinada por el Dr. Arcadio Poveda y el Ingeniero de la Herran, o con artículos que abordaban los temas más diversos, como pudo ser, el sistema cerebral de las emociones, números monográficos dedicados al órgano de la piel, temas de ecología, asuntos topológicos, cambios tecnológicos, o la posibilidad e implicaciones, de hallar, lo que entonces era, una supuesta particula elemental, llamada boson de Higgs, asuntos relativos a la política científica mexicana, biografías y revisiones de la teoría evolutiva, notas bibliográficas, o noticias sobre los ganadores del premio nobel en sus distintas áreas.
Ambas revistas tuvieron secciones de ciencia ficción, y fue ahí donde leí sobre la posibilidad de insertar un chip en el cerebro, que permitiera continuar con ciertas tareas de manera automática, sus autores, si mal no recuerdo, se imaginaban lo útil que podría resultar encender el chip, después de una noche de juerga, para evitar el malestar de la resaca, y poder continuar sin mayor problema con las actividades del día, leí aquel artículo sin saber, que años más tarde, no sólo conocería a su autora, sino que trabajariamos en el mismo edificio.
Lamento que sean demasiados recuerdos, yo no tengo un chip que reactive mi memoria, con resaca o sin ella, la mayoría de ellos tampoco los he vertido a las redes sociales, para evitar que su algoritmo me regrese de manera inoportuna lo que no es pertinente recordar, como quizas le ocurra a aquellos que han cometido la imprudencia de alimentar un algoritmo, que trabaja cual si fuera el calendario Más Antiguo de Galván, sin ningún criterio sobre el estado actual de las emociones, aunque siempre habrá quienes de una u otra forma, utilicen esos algoritmos para hacer circular ideas que resulten evocadoras, sin importarles la pertinencia de sus acciones, y a proposito de la pertinencia, desde aquí le agradezco la dedicatoria del libro al Dr. L-A, por supuesto, que a diferencia de él, no puedo opinar nada sobre la memoria de Oparin, pero si puedo decir que, en lo que a mi respecta, yo he preferido, hasta ahora, obviar la connotación de obituario propia de tal término.
Aunque no hay que perder de vista, que tratar de evitar cierta connotación, hasta donde sea posible, o bien, determinadas expresiones culturales o sensibles, no es igual que pretender cancelarlas, ni mi Dulcinea ni yo compartimos la sensibilidad de aquellos que han elogiado el himno a la celulitis, del escritor Enrique Serna, poniendo de relieve su cremosa invitación a la nalgada, más nunca hemos pretendido, como si lo hiciera cierta expositora en el MUAC, o como de hecho, lo hacen las reglas de las comunidades en las redes sociales, extirpar de tajo tales rasgos de personalidad
-[…] permiteme tantito ya casí termino,
más aún,
–esperame, por favor […]
permitanme un momento.
-Mira, querida Dulcinea, cuando pases del deber ser al ser serás como seas, y quizás nos llevemos bien o mal, eso ya me ha pasado con otras Dulcineas, que han hecho ese transito, pero, por lo pronto, no me interrumpas por favor, recuerda que hasta ahora sólo existes en mi imaginación, así que coincidiras conmigo, en que uno tendría que ser del otro bando…, no de ese no, me refiero al de los sadomasoquistas, para esculpirse una Galatea, o Dulcinea, que para el caso da lo mismo, que le resulte repulsiva, por lo que te pido, que me dejes concluir.
Perdón, estaba yo pensando, que las redes sociales le devuelven a la humanidad, una imagen incompleta de su contenido humano, nada muy nuevo en terminos mediaticos, salvo que no nos preguntemos, si esa imagen idealizada de las relaciones sociales, coincide con la imagen idealizada que buscamos alcanzar en nuestras sociedades.
En una sesión previa de éste seminario, repasé algunos desarrollos matemáticos que han servido para modelar el procesamiento en serie y en paralelo, tanto del cerebro, como de los sistemas de IA, en estos últimos, a través de redes neuronales artificiales, distinguiendo entre aquellos que se fundamentan en modelos de regresión, incluida la diferencia del gradiente y el algoritmo de backpropagation, de modelos basados en el perceptrón, más bien dirigidos a la identificación de imágenes.
Los modelos matemáticos, empleados por los ingenieros, se han nutrido del desarrollo de las neurociencias, a la vez, que le han planteado nuevos problemas a estas últimas, es claro que ninguna IA, por sí sola, tiene la complejidad del cerebro humano, también está claro, que tratándose de funciones aisladas, muchas IA, tienen una potencia de cálculo infinitamente superior a la del cerebro humano, vale la pena, entonces, no obviar una verdad de perogrullo, las IA, son producto del pensamiento humano, contienen los aciertos, pero también los sesgos de quienes las programan.
El uso que, por lo pronto, les damos, puede representar ciertos riesgos, en la medida en que le estamos cediendo a distintas IA, la capacidad de decidir por nosotros, tal y como lo plantea Mireille Hildebrandt en su libro Smart Technologies and the End(s) of Law, donde, entre otras cosas, describe con acierto las limitaciones, que la domótica, y las IA, aún las que son parte integral de los automoviles, pueden imponerle a los usuarios, en nombre de su propia seguridad, por ejemplo, a partir de los datos biométricos obtenidos a través del reloj de pulsera de un individuo, es posible que este reciba una advertencia de que tiene que desplazarse en trasporte público, y que si usa su automovil, su seguro no se hará responsable por los daños que pueda haber durante el trayecto, esto dentro de cierto umbral de dichos datos biométricos, pues si tales datos excedieran tal umbral, entonces, dicho individuo no podría poner en marcha su automovil, o, en su defecto, comprar tales o cuales productos, debido a restricciones sanitarias, o de otra índole, detectadas por una IA.
Este tipo de ejemplos, que hoy suceden ya en ciertas partes del mundo, en última instancia ocurren en un plano consciente, los usuarios de estas IA recurren a ellas por decisión propia, sometiendo su voluntad a la decisión del algoritmo, el tipo de problemas, que de tales tecnologías se pueden desprender, dependeran, en gran medida, de las características del algoritmo en cuestión y su capacidad de inhibir la voluntad humana, lo que plantea un panorama muy amplio, que puede ir de un conjunto de seguridades aceptables, hasta la consumación de una sociedad de control, digna de las mejores narrativas distopicas.
Pero, como he dicho, todo eso transcurre y transcurrirá, en un plano consciente, en el mismo en el que puedo hallar a mi Dulcinea, pues la imaginación es un acto consciente, y como no la conozco, pero la imagino, creo que ella es el límite de mi propia conciencia, por lo que es menester encontrarla para poder proseguir con lo que está más allá de ese límite.
Si entre los atributos con los que la he imaginado, esta su oído musical, entonces, la disyuntiva que afronto para alcanzar su belleza, es elegir entre el Facsimile de Leonard Bernstein y La guerra y la paz, pero ahora la de Prokofiev y Mira Mendelson, casualmente, encuentro en el programa de la premiere de la versión original de la segunda obra mencionada, ejecutada por la Royal Scottish Academy of Music and Drama en 2010, una anotación extraida del poema Burnt Norton, de T. S. Eliot, las palabras se han posado ahí, sobre una página que simula estar rota, cual si fueran la golondrina que esperaba para dejarme ir tras ella, tal y como le hubiera gustado a Unamuno que lo hiciera,
Time present and time past
Are both perhaps present in time future,
An time future contained in time past […]
Lamentablemente, aquel concierto concluyó en la escena 11 de la segunda parte, aunque existen otras versiones del mismo, como la grabación de Mstislav Rostopóvich con la Orquesta Nacional de Francia y el coro de Radio France de 1988, que si llegan hasta la escena 13 de esa misma segunda parte. Las dos últimas piezas de esta escena, me evocan la imaginación musical de Petia, descrita en el capitulo X de la tercera parte del libro de Tolstoi, si bien, Petia no tenía educación musical, imaginó un himno, cuya descripción parece haber sido capturada por Prokofiev en este final, incluido el ruido de los caballos, en esas dos últimas piezas, el sonido aislado de los intrumentos se va integrando, fundiendose, unos con otros, hasta ese final épico en el que el coro canta la salvación de Rusia, cual si fuera el cortex prefrontal dorsolateral del cerebro, integrando los estimulos externos, palabras, frases, imágenes, sonidos, colores, en un todo coherente.
Ahora si parece pertinente retomar la pregunta ¿Puedo conocer aquello que está más allá de mi consciencia, sea preconsciente, inconsciente, etc.? Para algunos, la respuesta ha sido no, quienes piensen así consideraran que no se trata de una pregunta genuina en los términos descritos por Berlin lineas arriba, y quizás en parte tengan razón, particularmente si están considerando la introspección como método para responderla.
Pero, a través de otros métodos, si ha sido posible ofrecer diversas respuestas, que han llevado, no sólo a las ideas de un incosciente psicodinámico, con su teatro de la histeria, parafraseando el título del libro de un reconocido psiquiatra mexicano, sino también a explorar, por otros métodos, la percepción, la memoria, el aprendizaje, el pensamiento, la emoción, y el lenguaje inconsciente. El tema es muy extenso, pero, yo, por lo pronto, sólo quiero llamar la atención sobre dos cuestiones, una concerniente al cerebro humano, y la otra, relativa al aprendizaje de la IA y su relación con la anterior.
En cuanto a la primera, quiero resaltar las contribuciones de los experimentos de “ceguera atencional”, que han permitido evidenciar, como ciertos mensajes pueden ocultarse al cerebro consciente, y demostrar que estos mensajes subliminales disparan nuestro sistema de motivaciones y recompenzas sin la participación de la conciencia, a la que solemos sobreestimar en lo que concierne a nuestra toma de decisiones.
Todo parece indicar, que dicho proceso inconsciente, no se limita, como se pensaba anteriormente, a los núcleos contenidos en la amigdala y collicus cerebral y a los circuitos subcorticales, sino que estos experimentos arrojan evidencia, cuya validez específica me parecería muy importante de analizar, pero no ahora, que apunta a que, además del procesamiento subcortical asociado a funciones adquiridas durante la evolución temprana, diversas áreas corticales asociadas con actividades como la lectura y la aritmetica, también pueden operar fuera del control de la conciencia.
Por otro lado, el salto que han dado las IA, del Machine Learning convencional al Deep Learning, gracias al advenimiento del Big Data, que debe entenderse como población y no como extrapolación de una muestra, han incrementado enormemente la capacidad de los algoritmos no supervisados para detectar correlaciones y diferenciar las espúreas de las no espúreas, y si bien los métodos que utilizan estos sistemas de IA para hacerlo, son en principio, los mismos métodos estadísticos que empleamos en otras áreas, en busca de correlaciones, la potencia actual con la que pueden computar distintos trazos de datos dejados en la Web, les permiten, fácilmente, saltarse pasos en la búsqueda de dichas correlaciones, y una vez que han descartado las correlaciones espúreas, proceden a hacer correlaciones predictivas sobre nuestros comportamientos futuros.
Como señala Hildebrandt, los seres humanos, además de reconocernos como un yo que interactua con su ambiente, nos perfilamos unos a otros para auto-objetivarnos como un mi en el mundo, mientras que los sistemas basados en IA, nos predicen, pero sin constituirnos como otro, las correlaciones que la IA puede lograr hoy en día, entre ciertos estímulos que nos afectan y los comportamientos que desarrollamos, hacen del Big Data una suerte de incosciente exterior, pero, ¿Cómo funciona?.
Personalmente, me gusta explicarle esto a mis alumnos mediante el siguiente ejemplo: les pido que imaginen que cada que su profesor asiste a darles clase y encuentra mucho tráfico para llegar al Palacio, entonces él compra cebollas, la correlación entre el aumento del tráfico y la compra de cebollas, parece lo suficientemente absurda, hasta el punto de producir las sonrisas de algunos, eso se explica porque de acuerdo a nuestra experiencia en el manejo de las pruebas de correlación estadística, consideramos necesario que exista un apoyo teorico suficiente para suponer que dichas variables se relacionan de alguna forma, lo que aplica no sólo a los estudios sobre tratamientos, sino también a los de carácter sociológico, a los de mercado, o cualquier otra disciplina que busque correlacionar variables, sin embargo, dada la capacidad de computo del Deep Learning, y a la gran cantidad de datos que le puede suministrar el Big Data, este no solo puede, sino que de hecho, prescinde de la restricción que nos pide justificar la hipótesis de correlación, lo que hace el sistema es encontrar correlaciones, verificándolas después, a resumidas cuentas, en nuestro ejemplo, puede encontrar que la correlación entre el nivel de tráfico y la compra de cebollas se verifica con una “p” muy baja.
Si, además, el patrón se repite en un número elevado de personas, con la información anterior, un algoritmo cuya meta sea incrementar el nivel de ventas de las cebollas, aprovechará los datos disponibles en la red sobre el estado del tráfico, para hacer blanco sobre aquellos en los que ha predicho que compraran cebollas, enviándoles promociones sobre dicho artículo, hasta aquí todo se parece a una descripción normal de los estudios de mercado realizados tradicionalmente, el quid de la cuestión, no está en que la publicidad que nos envíe el algoritmo utilice los habituales sesgos cognitivos para persuadirnos de realizar la compra, ni en el tipo de mensajes subliminales que pasaran haciendo uso de nuestra ceguera atencional, lo que nos cuela, sin que nos percatemos, es precisamente, la correlación efectiva que ha hecho, entre un estimulo “el tráfico” y nuestra acción de comprar cebollas, correlación que pasará inadvertida, tanto para nosotros, como también, para muchas personas que nos conocen y nos perfilan, al menos hasta que el consumo de cebollas se disparé a tal grado que sea muy evidente, de esta forma, los algoritmos de IA nos perfilan correlacionando ciertas condiciones con ciertas acciones, desde luego, que nada saben sobre lo que ocurre a nivel consciente o incosciente en nuestro cerebro, si se quiere simplificar esto, mediante una metafora cinematográfica, al hacerlo están más cerca del cinema Verité de Vertov, que del montaje de Eiseinstein. ¡Y pues, ni que decir de lo que podría ocurrir, si quienes controlan el tráfico vehicular, tuvieran algún interés en el mercado de las cebollas!
De esta forma fue como llegué a pensar en la operación inconsciente que está detrás de la IA actualmente, desde luego, que el lugar de las cebollas podría ser ocupado por otros entes con consecuencias mucho más desalentadoras, por otro lado, una especie de traslape, entre mi memoria de trabajo y mi memoria episódica, me hace pensar, que recuerdo al narrador de La guerra y la paz, sorprendido porque nadie hubiera podido prever, antes de la Revolución Francesa, que el contrato social de Rousseau, iba a producir tantas muertes en aquella nación, aunque lo que en realidad dice es, que para aceptar tal atribución, “había que explicar antes la relación de esta nueva fuerza con el acontecimiento”, por mi parte, espero haberme explicado, y la pertinencia de finalizar con Rousseau, mejor que yo, la explicó Thomas Mann, en su ensayo de 1922 sobre Goethe y Tolstoi, quien al preguntarse por las dos ideas que se nos presentan al pronunciar el nombre de Rousseau, excepción hecha de la idea de naturaleza que, desde luego, es la primera en venirnos a la mente, se respondía: Ce sont <<Pédagogie>> et <<Autobiographie>>; car Rousseau est l’auteur de l’ <<Émile>> et des <<Confessions>. Ces deux éléments de son oeuvre, <<pédagogie>> et <<autobiographie>>, sont aussi les plus accusés dans celles de Goethe et de Tolstoï. On ne saurait imaginer sans eux la vie ni l’œuvre de ces deux écrivains.
A lo que yo simplemente podría agregar, que salvo por mi Dulcinea, que quedó atrapada en el tiempo futuro de aquellas líneas del poema de T. S Eliot, todo lo demás que aquí he dicho, quizás no sea más que la actualización de esos ya viejos circuitos neuronales, que contienen los bucles descritos por Rafael Lorente de No.


